Hace poco encontré un artículo académico[1] que mencionaba una carta publicada en Le Monde en 1977, firmada por destacados intelectuales franceses, entre ellos Simone de Beauvoir, Michel Foucault, Gilles Deleuze y Jean-Paul Sartre, en la que se criticaba la condena de prisión contra adultos que habían mantenido relaciones sexuales con menores. No es el único antecedente polémico: se sabe que Beauvoir sostuvo relaciones con varias de sus alumnas, algunas menores de edad, lo que le costó su puesto como profesora.
Para muchas personas, estos hechos son motivo suficiente para cancelar su figura: dejar de leerla, de citarla, de enseñarla. Es común ver en publicaciones en redes sociales sobre Beauvoir comentarios criticando sus acciones. Pero esto me hace preguntarme ciertas cosas: ¿qué sucede cuando el pensamiento de una figura histórica no es coherente con sus acciones? ¿Podemos seguir valorando una obra si condenamos la vida de quien la escribió? ¿Hay que quemar a Beauvoir?.
Durante mucho tiempo fue común en redes sociales ver la llamada “Cultura de la cancelación” (Cancel Culture), específicamente de la izquierda progresista. Era común leer sobre cómo un artista era cancelado por usar un lenguaje o conductas sexuales inapropiadas. Casos como el de Marilyn Manson, Chris Brown, Pewdiepie, son ejemplos de grandes casos en medios actuales, sin embargo, también fue común descubrir casos de famosos que en el pasado realizaron actos inapropiados y fueron cancelados después de su muerte, como el conocido ejemplo de Pablo Picasso, muy criticado actualmente cuando se mencionan sus obras en medios de comunicación. Estos casos han llevado a algunos artistas a perder completamente su credibilidad, e incluso algunos a ser completamente eliminados de todos los medios. Esto también ocurre a pequeña escala, con las llamadas funas. Donde una persona es cancelada y expulsada de un grupo social, quedando completamente marginada. Sin embargo, en algunos casos ocurre algo interesante: Esta persona es defendida por un cierto grupo de personas, manteniendo su estatus de importancia. Ese es el caso actual de Simone de Beauvoir, quien ha sido funada por muchos, mas aún existe gente, específicamente del grupo femenino, que la defienden cuando es atacada por sus actos.
¿Qué significa realmente cancelar a alguien? ¿Es una forma de justicia social? ¿o una forma de venganza?. Yo pienso más bien que es la primera. Cancelar a una persona es revocar su estatus de figura pública, una forma de reparación simbólica cuando las instituciones no actúan: La justicia no puede castigar a Pewdiepie por realizar comentarios racistas pero la gente sí. Cuando una persona en vida es cancelada, se busca demostrar de forma pública que esta persona es un ser despreciable, merecedor de un castigo, el cual muchas veces puede venir después de la cancelación. Cuando una persona es cancelada después de su muerte es una forma de ajusticiar los hechos cometidos por esta persona durante su vida, de no olvidar lo que hizo. Esta forma de castigo no viene sin problemas, el hecho de que cualquier persona pueda realizar una cancelación también pone en la mesa el problema de las funas falsas: Mentir o exagerar diciendo que cierta persona cometió ciertos actos dignos de censura con el fin de cancelarlo públicamente aunque no haya hecho nada, o aunque estos errores del pasado ya haya sido solucionados. Esto trae como consecuencia daños irreparables para las personas que fueron funadas, como la exclusión social o el linchamiento digital de la persona afectada.
Estas funas o cancelaciones no necesariamente vienen de enemistades o grupos enemistados, Mark Fisher habla en “Salir del castillo de vampiros” de cómo dentro de la misma izquierda se realizan estas cancelaciones dejando de lado los verdaderos problemas políticos, es decir que estas misma funas pueden aparecer dentro de un grupo social de personas cercanas, ya sea un círculo de amigos o un grupo más grande.
Es también importante la relevancia que tienen las redes sociales en estas funas, sin ellas no serían posibles. Las redes sociales tienen la capacidad de transmitir rápidamente la información, lo que permite que las funas se vuelvan virales de manera casi inmediata. La facilidad de poder compartir un post en X o en Facebook hace que cancelar a alguien sea peligrosamente fácil, basta con crear un post y pedirle a tus amigos que lo compartan. Es común en muchos casos como terceros sentir ira en este tipo de situaciones, nos volvemos irracionales, buscamos castigar como sea al infractor, y reaccionamos compartiendo las funas en nuestros círculos cercanos. Y así este proceso se repite, llegando rápidamente a cientos o miles de personas, ya no sólo dentro de nuestro círculo, sino también gente que no conocemos, puede que incluso gente de otras localidades ajenas al tema.
Existe una razón por la que elegí a Simone de Beauvoir y no a otra figura histórica. Si se trata de cancelar personajes por sus actos, podría haber escogido a Picasso, Caravaggio u otros. Pero Beauvoir representa algo más complejo: no solo fue una filósofa influyente, sino también un símbolo central en la historia del feminismo y los derechos de las mujeres. Hoy sigue siendo una figura en un pedestal, reivindicada en espacios académicos y políticos. Y precisamente por eso, cuando surgen críticas hacia ella o intentos de cancelación, muchas personas salen rápidamente en su defensa.
Beauvoir nació en Francia en 1908. Desde temprana edad destacó por su inteligencia y pensamiento crítico. Dedicó su vida a la filosofía y, en 1949, publicó El segundo sexo, una obra fundamental que sigue siendo estudiada hasta el día de hoy. Sin embargo, su vida también estuvo marcada por conductas éticamente problemáticas: mantuvo relaciones amorosas y sexuales con alumnas, algunas menores de edad, firmó junto a Sartre una carta pública que cuestionaba las leyes sobre la edad de consentimiento sexual.
Estas acciones han llevado a muchas personas a preguntarse si deberíamos cancelar su figura. ¿Qué hacemos con alguien que ha producido un pensamiento tan influyente y al mismo tiempo ha incurrido en actos cuestionables?
Existe un dicho común: “no hay que mirar el pasado con los ojos del presente”. Pero en realidad, es precisamente desde el presente desde donde podemos pensar el pasado con espíritu crítico. No para condenar automáticamente, sino para no repetir los mismos errores.
No sabemos a ciencia cierta las motivaciones detrás de cada decisión de Beauvoir, y algunas de sus acciones siguen siendo difíciles de justificar incluso en su propio tiempo. Lo que sí sabemos es que su legado filosófico no está libre de sombras. Y frente a eso, la pregunta sigue en pie: ¿debemos cancelar a Beauvoir o leerla críticamente, sin dejar de lado lo que hizo?
Muchas cancelaciones y funas se desencadenan por la ira. Nos sentimos ofendidos por actos o palabras, y buscamos una compensación inmediata. A veces, aunque el daño no nos haya afectado directamente, lo percibimos como propio. La filósofa Martha Nussbaum describe esto como una preocupación narcisista, donde el agravio hacia otro es vivido como una amenaza a nuestra identidad moral. Queremos ver castigado al culpable, no necesariamente por justicia, sino para recuperar una sensación de control o superioridad.
El filósofo Séneca, por su parte, consideraba la ira como una forma de locura temporal: una emoción que nos desconecta de la razón y nos empuja a actuar de manera destructiva. En vez de pensar en cómo reparar el daño, o en cómo prevenir situaciones similares, nos centramos en castigar al infractor de forma ejemplar. Por eso preferimos la funa: una condena pública, inmediata y sin matices.
Pero esta reacción tiene consecuencias sociales profundas. Uno de los efectos más visibles es el miedo a la cancelación. Cuando observamos cómo se lincha digitalmente a una persona, incluso por errores menores o antiguos, nos volvemos temerosos. Aparece la autocensura, el silencio, la inseguridad ante la diferencia. No opinamos, no preguntamos, no discrepamos: no por respeto, sino por miedo al rechazo. Comenzamos a vivir en una cultura del miedo.
En Los abusos de la memoria, Tzvetan Todorov propone dos formas de recordar el pasado: la memoria literal y la memoria ejemplar. La memoria literal se concentra en el dolor vivido por un grupo específico y en la culpabilización de otro, lo que, en ciertos casos, ha servido para justificar nuevas formas de violencia o exclusión. Aunque Todorov se refiere principalmente a memorias colectivas de pueblos y naciones, su distinción puede aplicarse también a la cultura de la cancelación de figuras históricas. Esta, muchas veces, asume el sufrimiento del pasado como absoluto y responde con sanciones o funas, incluso cuando el contexto ha cambiado.
En cambio, la memoria ejemplar implica una lectura crítica del pasado desde el presente, no para castigar, sino para aprender. Implica reconocer las injusticias cometidas, pero también preservar lo valioso del legado que dejaron esas figuras. Desde esta perspectiva, podemos responder a la pregunta del título: ¿hay que quemar a Beauvoir? No, no hay que quemarla, pero sí hay que leerla críticamente. No debemos negar ni ocultar los hechos cuestionables de su vida, ni los de Picasso, ni los de tantos otros. Pero tampoco deberíamos borrar su obra o su impacto. Enseñarlos con conciencia crítica es el camino para no repetir los errores del pasado y construir una memoria verdaderamente ejemplar.
[1]https://hipatiapress.com/hpjournals/index.php/hse/article/view/9934/3601
Bibliografía complementaria
Todorov, Tzvetan. Los abusos de la memoria.
Fisher, Mark. Exiting the Vampire Castle.
Séneca. Sobre la ira.
Nussbaum, Martha. La ira y el perdón.
