En los momentos de impedimento físico, ya sea por una enfermedad o una lesión, tendemos a sumirnos en la reflexión. Esta puede ser constructiva, pero, la mayoría de las veces, resulta destructiva. Recientemente, me vi afectado por una enfermedad respiratoria común que me ha mantenido alejado durante varios días del exterior y del contacto humano. Esto me permitió adentrarme más en la lectura y la escritura, pero también en la cavilación, casi siempre de carácter negativo.
Uno de los temas que más ha ocupado mis pensamientos durante este encierro ha sido el del duelo. ¿Qué ocurre cuando un duelo no se supera? ¿Superamos realmente alguna vez a una persona que amamos?
Este pequeño artículo no pretende ser académico, sino más bien íntimo. Es una colección de pensamientos que surgieron durante este período de aislamiento, cuando el cuerpo se vio forzado a detenerse, y la mente, inevitablemente, a recordar.
El duelo puede representarse por diferentes razones: la pérdida física de un ser querido, una perdida de una relación amorosa, o incluso cuestiones más abstractas como la perdida de un ideal. Para este pequeño artículo me centraré en la perdida en la relación amorosa.
La perdida de un vínculo afectivo es dolorosa: una constante lucha contra uno mismo, un constante desear y reprimir uno mismo ese deseo. Deseos de hablarle, deseos de saber qué hacer, deseos de volver a verle. Pero todo eso produce un dolor a largo plazo, por lo que debemos reprimirlos. Esta represión produce malestar, un dolor difícil de describir que se interpreta tanto física como psicológicamente.
Lo más sano y lo más lógico es dejar que pase el tiempo y terminemos superándolo, pero dejar que pase el tiempo es la parte más dolorosa de todas. Al dejar que pase el tiempo es cuando vienen los recuerdos, los deseos, la melancolía. Es nuestra propia voluntad llamándonos, gritándonos, exigiendo que volvamos con ese objeto de deseo que nos hizo felices en algún momento, y es decisión nuestra si lo hacemos o no.
Esto me recuerda nuevamente a Vivre sa vie, y la famosa reflexión que Nana hace en la cafetería:
“Yo creo que somos nosotros responsables de lo que hacemos. Yo levanto la mano, yo soy responsable. Giro la cabeza, yo soy responsable, Estoy enojada, yo soy responsable. Me fumo un cigarro, yo soy responsable. Olvido que soy responsable pero lo soy.”
Nosotros somos responsables de nuestras decisiones, y somos también presa de ellas. Somos responsables de volver o no a hablar con esa personas y es esa libertad lo que nos sume en la miseria. Los errores son irreparables y sólo debemos conformarnos cuando los cometemos. Dañar a nuestros seres queridos es de las cosas más dolorosas que existen, y perder a alguien producto de ese daños es un horror sin descripción. Pero nada se puede hacer para enmendar el daño una vez que esa persona ya no está.
Se dice que el amor es de las cosas más bellas que existe, pero poco se dice que es también de las más dolorosas. Freud habla en el malestar de la cultura del amor como escape del sufrimiento inherente a la existencia, pero descarta a este como método eficaz para superarlo por el inmenso dolor que trae cuando se acaba: “jamás nos hallamos tan a merced del sufrimiento como cuando amamos”.
Idealizamos también muchas veces los recuerdos que vivimos con esa persona. Nos olvidamos de las cosas malas, y todo lo recordamos como si hubiera sido perfecto. A veces puede ser lo contrario, cuando nos dañan recordamos ese daño, como si estuvieran presionando el dedo sobre una herida que no ha sanado. Pero aun así, con todo el dolor que trae, seguimos extrañando a esa persona, deseando que nunca se hubiera separado de nuestro lado.
Recientemente me he encontrado más melancólico que de costumbre, probablemente sea el encierro, probablemente sean los muchos años de soledad, probablemente sea también el dolor de heridas que nunca sanaron.
Cuando nosotros estamos con otras personas, solemos adaptar ciertos manierismos de esa persona, construimos también juntos algunos nuevos, adaptamos nuevas maneras de ver el mundo. Al irse esa persona, todas estas características se mantienen, de repente recordamos cierto gesto que nosotros replicamos de esa persona y su recuerdo viene. Es como si, a pesar de que esa persona ya no esté, siguiera con nosotros.
Me gustaría cerrar esta pequeña entrada con alguna reflexión y de manera más positiva, pero no encuentro nada que decir que pueda calmar el tormento que siento en este momento.
Hoy no hay bibliografía, sólo depresión.
