Cuando el pensamiento detiene la vida

Porthos (…) tiene que colocar una bomba en un sótano. Siempre ha actuado sin pensar. Pero esta vez, empieza a pensar: “¿Cómo es posible poner un pie delante del otro?” Y no puede continuar. La bomba explota y el techo cae sobre él. Lo sostiene durante dos días, pero finalmente es aplastado.

Este episodio es citado en la película Vivre sa Vie de Jean-Luc Godard, en una de las escenas más bellas e inquietantes del cine moderno. En ella, el filósofo Brice Parain y Nana discuten sobre el lenguaje, el pensamiento y el sufrimiento. Pero hay una idea en particular que me ha quedado dando vueltas: ¿es posible que la conciencia misma sea un peligro para nosotros, los seres humanos, los seres pensantes? ¿Está el sufrimiento inevitablemente ligado al intelecto? ¿Qué ocurre cuando, como Porthos, nos volvemos súbitamente conscientes?

Para Albert Camus, el absurdo es el momento en el que nos damos cuenta de que la vida carece de sentido. Un día nacemos, realizamos día a día actividades de manera casi mecánica, y de repente, sin razón aparente, morimos. Si nos detenemos a pensarlo, es desconcertante: como si alguien comenzara a escribir un libro sin razón alguna, se pusiera a rellenar páginas sin un desarrollo claro y lo cerrara de manera abrupta, sin conclusión.

La historia de Porthos me conmueve mucho porque siento que es uno de los mejores ejemplos de la revelación del absurdo. Porthos ha vivido actuando sin pensar como muchos de nosotros. Nos movemos por la vida sin detenernos mucho a reflexionar sobre lo que hacemos. Pero llega un momento, a la hora de poner la bomba, en que algo se quiebra: se vuelve consciente de sí mismo, de su cuerpo, de sus pasos. Se pregunta cómo es siquiera posible caminar. Ese es el instante en el que el absurdo se revela.

En El mito de Sísifo, Camus escribe: “Comenzar a pensar es comenzar a ser minado”. Una vez que la conciencia del sinsentido se activa, ya no hay vuelta atrás. La bomba explota, el techo del mundo cae sobre nosotros. Ese pensamiento no desaparece: permanece, corroe, desgarra lentamente.

La reacción a esta realización es diferente para todos: para algunos puede ser miedo, vértigo, vacío; para otros es una liberación, es vivir sin preocupaciones, sin exigencias. Camus afirma que esta es la cuestión filosófica más importante: si la vida no tiene sentido, ¿vale la pena vivirla?

Esta es una de las preguntas fundacionales del pensamiento existencialista del siglo XX. Kierkegaard, Sartre, Camus: cada uno propuso su camino. Para Kierkegaard, el camino es la fe, para Sartre, el camino es crear nosotros un sentido. Para Camus, sin embargo, no hay redención: el absurdo es irreductible. Su propuesta no es resolverlo, es rebelarse contra él, vivir a pesar de todo.

Sin embargo, ¿son estas realmente soluciones? Quizás sólo son maneras de seguir viviendo con una herida que nunca cierra.

Me gustaría ahora ir un poco más atrás de Camus, pero no tanto, volver a Freud, a las bases del pensamiento del siglo XX, y tratar un concepto que durante mucho tiempo nos dejó desconcertados: La pulsión de muerte.

Freud introduce en Más allá del principio del  placer la idea de la pulsión de vida, o Eros. Esta, es la energía que impulsa la vida, aquella que nos da nuestro deseo de continuar, de reproducirnos, de existir. Sin embargo, Freud notó también, que algunos soldados, tras la guerra, repetían en sus sueños ciertos sucesos traumáticos. Este fenómeno desafiaba su teoría fundamental: que la mente busca siempre el placer y evita el displacer.

A este fenómeno Freud lo llamó pulsión de muerte, o Thanatos: un impulso profundo, silencioso, que busca el regreso al estado previo a la vida, hacia el no-ser. No es un deseo de morir, es más bien un deseo de regresión, una tendencia de regreso a la nada. Esta pulsión de muerte está relacionado con las tendencias destructivas externas, si estas tendencias son reprimidas, se vuelven autodestructivas. Eros y Thanatos no son polos opuestos, como bien y mal, están más bien entrelazados.

¿Será posible que el pavor existencial esté directamente relacionado con esta pulsión de muerte? ¿Es posible que la pulsión de muerte sea el origen de este pavor?

Una cosa es comprender el absurdo, reconocerlo intelectualmente; otra muy distinta es enfrentarse al vértigo que puede provocar. A veces, esa conciencia puede sentirse como una liberación: ya no estamos atados a una finalidad, a un destino impuesto. Pero otras veces, puede sumergirnos en el terror más profundo, un miedo difícil de nombrar, un miedo a la existencia misma.

Algo parecido ocurre cuando pensamos en nuestra propia muerte: sentimos un temblor en el cuerpo, un vértigo que no es sólo miedo, sino una especie de atracción oscura. Tal vez ese vértigo sea la pulsión de muerte hablándonos en silencio, llamándonos desde lo más hondo, como un eco de la nada. Porque la existencia se sostiene precisamente sobre esa nada: está antes y estará después de nosotros. Aparece cada vez que nos preguntamos por qué existimos, cuál es nuestra raison d’être, y con cada intento de respuesta, la pregunta se rehace, más inquietante aún.

Es irónico cómo nuestra propia racionalidad, aquello que nos hace humanos según Aristóteles, nos empuja al sufrimiento, y puede incluso llevarnos a nuestra propia autodestrucción. Reconocer el absurdo es reconocer esta contradicción: la idea paradójica de que nuestro don del pensamiento nos lleva al sufrimiento, nos lleva al suicidio. Porthos no muere por la bomba, muere por haber pensado.


Bibliografía complementaria

Camus, Albert. El mito de Sísifo.

Freud, Sigmund. El malestar en la cultura.

Freud, Sigmund. Más allá del principio del placer.