El arte es bello al imitar, vemos las pinturas de los grandes maestros como Da Vinci o Caravaggio, y podemos observar la perfección de sus detalles, las emociones de sus personajes, las grandes representaciones de mundos imaginables. Las esculturas griegas nos muestran al ser humano en su faceta más perfecta, con la mayor cantidad de detalles posibles. La música nos habla con sus letras de los momentos más altos y más bajos del ser humano. El arte, en su tradición, busca la mayoría del tiempo ser imitativo.
Pero ¿qué ocurre cuando no es así? ¿Qué pasa con el arte cuando ya no cumple una función imitativa, es decir, cuando este es abstracto? ¿sigue siendo arte? Estas son preguntas interesantes que podemos plantearnos hoy en día gracias a los avances que el arte ha tenido desde la gran ruptura que se creó en el siglo XX, cuando el arte comenzó, de manera deliberada, a alejarse de los cánones de belleza preestablecidos.
¿Por qué razón comenzó a apostar más por lo grotesco? ¿Qué pasó con esas ideas de que el arte debía ser imitación? En este artículo, propongo un breve recorrido por algunas de las principales teorías estéticas, desde sus raíces filosóficas hasta los giros radicales del siglo XX, con el fin de comprender mejor cómo cambió nuestra manera de entender el arte.
Para comenzar a entender un poco cómo se comprendía el arte previo al siglo XX, voy a basarme en 2 tratados de gran relevancia en la historia: La poética de Aristóteles y La crítica del juicio de Kant.
El primero de ellos, y uno que influenció la concepción que tendríamos del arte durante siglos, es La poética. Este tratado, escrito en el siglo IV a.C., se centra principalmente en la poesía trágica y épica.
Según Aristóteles, este tipo de arte es, por naturaleza, imitativo. Estas formas poéticas como la tragedia o la epopeya, imitan acciones humanas mediante el lenguaje, ritmo y armonía. Además, Aristóteles destaca 3 maneras en la que el arte imita a la realidad: puede representar las cosas tal como son, como se cree que son o como deberían ser.
El filósofo también se pregunta por qué disfrutamos del arte imitativo. Según explica, los seres humanos aprendemos desde la infancia con la imitación, y que aprender es una de las cosas más satisfactorias que existen. Por eso, al contemplar una obra de arte que representa acciones, personajes o situaciones, sentimos agrado: reconocemos algo y, al hacerlo, aprendemos.
Durante muchos años las teorías aristotélicas sobre la imitación serían las principales a la hora de pensar en el arte. Posteriormente autores como Plotino o Santo Tomás de Aquino hablarían de la importancia de las proporciones matemáticas en el arte, declarando la belleza como algo objetivo que se podía lograr a través de proporciones matemáticas. Estas teorías serían sumamente influyentes durante el renacimiento, donde se usarían proporciones matemáticas y relaciones simétricas, pues se creía que de esta manera se alcanzaría la belleza.
Pero no sería hasta el siglo XVIII que las cosas comenzarán a cambiar a raíz de la teoría de lo bello y lo sublime de Immanuel Kant, desarrollada en la crítica del juicio.
Según Kant los juicios estéticos deben ser desinteresados, universales, sin concepto previo y necesarios, todo esto es lo que caracteriza como bello. Vamos desglosando esto:
- Desinteresado significa que el juicio de gusto no se basa en ningún interés personal, utilidad o deseo. El placer que sentimos al contemplar algo bello surge por la forma del objeto mismo, no porque nos beneficie o nos cause deseo.
- Debido a esta falta de interés, el juicio estético aspira a la universalidad. No porque todos efectivamente coincidan, sino porque esperamos que todos deban coincidir. Esta universalidad no es objetiva, como en las ciencias, sino subjetiva pero comunicable. El sujeto percibe lo bello como si todos debieran compartir su juicio. Aquí ya se rompe con el canon tradicional que atribuía la belleza a propiedades objetivas y definibles.
- El juicio de gusto también debe ser sin concepto. Es lo que Kant llama una “finalidad sin fin”: percibimos en la obra una especie de orden o coherencia interna, pero sin que esté subordinada a un propósito o idea previa. La obra debe ser apreciada por su forma misma, no por lo que representa o simboliza.
- Finalmente, el juicio estético debe ser necesario, en el sentido de que sentimos que los demás deben compartir nuestro juicio, aunque no podamos dar razones objetivas para ello. Esta es una necesidad subjetiva universal, una especie de acuerdo esperado entre sujetos dotados de la misma facultad de juzgar.
En contraste con lo bello, lo sublime no produce un placer armonioso, sino una tensión. Lo sublime surge cuando la imaginación se ve desbordada por algo inmenso o poderoso, y, sin embargo, la razón se afirma al reconocer su propia superioridad. Kant distingue dos tipos:
- Lo sublime matemático: aquello que es tan inmenso que no puede ser comprendido completamente por la imaginación (como el universo, el océano, una cordillera). La mente se siente impotente al intentar representarlo, pero esta impotencia nos remite a la capacidad de la razón para pensar lo infinito.
- Lo sublime dinámico: aquello que parece amenazarnos por su fuerza (una tormenta, un volcán), pero que no nos daña realmente. Aquí, nuestra voluntad moral se siente superior al poder de la naturaleza, porque sabemos que como seres racionales, no estamos completamente sometidos a lo físico.
Muchos escritores seguirán desarrollando estas teorías, Hegel postularía sus propias teorías artísticas relacionándolos con su dialéctica, Schiller también publicaría sus Cartas sobre la educación estética del hombre donde hablaría de la importancia del arte en la formación ética de las personas. Y así mismo, varios otros autores continuaron expandiendo el campo de la estética, manteniendo siempre esta influencia de las ideas aristotélicas del arte como una forma de representar, de dar forma sensible a lo real o lo ideal.
Pero ¿Qué será lo que irrumpirá con este pensamiento filosófico? ¿Cómo y por qué primará la abstracción y la experimentación en el arte?
Hay dos procesos históricos clave que marcaron un punto de inflexión y llevaron a los artistas a replantearse profundamente el sentido y la función del arte: por un lado, el desarrollo de la fotografía a mediados del siglo XIX (hacia 1850), que liberó al arte de su función representativa tradicional; y por otro, las Guerras Mundiales del siglo XX (1914-1918 y 1939-1945), que sacudieron la confianza en la razón, el progreso y los ideales clásicos de belleza y armonía.
Como mencionamos anteriormente, lo más común en el arte era la imitación o representación de la realidad con la mayor fidelidad posible, mientras más realista era la obra, mejor era el artista. Muchos artistas también vivían de pintar retratos para gente de clase acomodada que podía permitirse pagarlos, por lo que sólo algunas personas podían acceder al lujo de tener un retrato familiar. Todo esto cambió con el advenimiento de la fotografía. Gracias a esta, era posible representar la realidad con una fidelidad que la pintura nunca podría alcanzar. Los retratos también se volvieron más accesibles: la gente de clase media y baja podía permitirse uno por un precio mucho más asequible. Todo esto hizo que algunos artistas se pusieran en contra de la fotografía, también, muchos otros dejaron de lado la pintura y se dedicaron exclusivamente a retratar por medio de cámaras fotográficas, otros, en cambio, buscaron nuevos medios de expresión. Los impresionistas fueron algunos de los primeros en aceptar que la pintura no debía competir con la fotografía en términos de realismo, y comenzaron a explorar otras formas de representación visual, centradas en la luz, la percepción y el momento.
Este cambio, sin embargo, no fue sólo técnico o estético, sino también filosófico: el modo en que percibimos el arte cambió radicalmente. Fue precisamente esta transformación la que llevó a Walter Benjamin a preguntarse qué ocurre con la esencia del arte cuando es masivamente reproducido.
En La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Walter Benjamin sostiene que la aparición de nuevas tecnologías, como la fotografía y el cine, permitió que la reproducción de obras de arte fuera no solo más exacta, sino también masiva y accesible. Aunque el arte siempre ha sido susceptible de reproducción, como lo evidencian la litografía y la xilografía, es con estas nuevas técnicas que dicha reproducción se vuelve inmediata y técnica.
Esta transformación provoca la pérdida del aura de la obra de arte: su autenticidad, su carácter irrepetible y su vínculo con una tradición ritual. Sin aura, el arte deja de contemplarse como algo sagrado o único, y se convierte en un objeto reproducible, democratizado, despojado de su excepcionalidad.
Sin embargo, para Benjamin esta pérdida del aura no es algo trágico, la reproductibilidad técnica es más bien una oportunidad inédita de transformar el arte y darle una función crítica y política. Benjamin pone como ejemplo el cine, que permite una recepción colectiva y activa que puede tener un enorme potencial emancipador.
El segundo gran cambio que ocurrió durante el siglo XX fueron las guerras mundiales. Esto provocó que muchos artistas de principios de siglo, comenzaran a cuestionarse completamente la función estética del arte, ¿Cómo era posible seguir representando la belleza, cuando tuvimos frente a nosotros la crueldad misma del ser humano? El expresionismo fue una de las corrientes que mejor plasmó esta disconformidad con el arte en general durante la guerra, y comenzó a pintar de manera cruda, intentando representar las expresiones humanas más que la realidad en sí misma.
Uno de los autores que me gustaría revisar ahora, para comprender un poco este cambio de paradigma, es Theodor W. Adorno y su libro Teoría estética.
Adorno sostiene que con el auge de las industrias culturales (cine, música pop, televisión, etc.), el arte tiende a convertirse en una mercancía que, en muchos casos, neutraliza la reflexión crítica. En lugar de cuestionar la realidad, muchas expresiones artísticas buscan satisfacer los deseos del público, reproduciendo las formas y valores dominantes sin desafiarlos.
La respuesta de Adorno a esta problemática es el arte de vanguardia. Un arte que busca confrontar directamente al espectador, que busca alejarse de los cánones tradicionales, e incluso, incomodar. Según Adorno, es necesario que el arte se centre en los aspectos negativos del mundo, el sufrimiento, la alienación y las contradicciones inherentes del capitalismo.
Adorno nos pone como ejemplo la música de Arnold Schoenberg y la literatura de Samuel Becket, dos autores que él admiraba mucho, como muestra de esta arte de vanguardia que busca incomodar directamente al espectador, alentando la reflexión y el pensamiento crítico.
Me gustaría poder profundizar mucho más en esta temática, específicamente lo que sería el arte moderno y posmoderno del siglo XX y XXI, pero este artículo ya está siendo demasiado largo, por lo que lo dejaré para un futuro artículo. Aún así, me gustaría, después de este repaso histórico, dejar una pequeña reflexión al respecto.
Es interesante ver cómo las concepciones filosóficas y culturales han atravesado transformaciones significativas a través del tiempo, pasando del idealismo, al racionalismo y luego a un pesimismo, y este cambio de pensamiento está representado siempre a través del arte y, con ello, de la filosofía. El arte siempre ha estado presente a lo largo de toda la historia del ser humano, en un inicio de manera ritual, y más tarde, transformándose en objeto de apreciación estética. Esto se vio completamente modificado con la llegada de la guerra y la capacidad del ser humano de hacer daño a sus iguales. El arte comenzó a tomar paradigmas completamente diferentes a pasos agigantados, lo que ha contribuido, lamentablemente, a un progresivo distanciamiento entre el arte y su público. Es cada vez más difícil para nosotros como espectadores comprender una obra de arte, pero ¿es culpa de nosotros, o es más bien culpa de los artistas que no están logrando conectar con las personas? No hago esta pregunta en tono de reproche sino como una cuestión genuina, los memes sobre obras de arte posmodernas son recurrentes y los precios exorbitantes que se pagan por ellas es motivo de molestia para muchas personas. Es interesante cómo el arte posmoderno terminó llegando a estas industrias culturales de las que hablaba Adorno, quizás es hora de replantearnos la manera en la que hacemos y observamos arte, quizás lo grotesco o lo conceptual ya no son la respuesta como pensaba Adorno hace años ¿pero será la respuesta volver a los cánones clásicos del arte idealista? Yo al menos lo dudo un poco, el arte debe reinventarse, de una manera radicalmente nueva, capaz de reconectar con el público sin caer nuevamente en los mecanismos del fetichismo cultural.
Bibliografía complementaria
Previa al siglo XX
Aristóteles. Poética.
Kant, Immanuel. La crítica del juicio.
Posterior al siglo XX
Benjamin, Walter. la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica.
Adorno, Theodor W.. Teoría estética.
