¿Es el sufrimiento inherente al ser humano? ¿existe una causa para el dolor? ¿qué relación tiene el capitalismo con la depresión? Esta y varias preguntas me han surgido recientemente producto de varios libros que he tenido la oportunidad de leer. El malestar y el sufrimiento parecieran estar constantemente en nuestras vidas, y las tasas de depresión y suicidio son cada vez mayores. Esto no puede ser una coincidencia, con el desarrollo de nuevas tecnologías uno esperaría que las condiciones de vida mejoren, pero la salud mental está en declive en los países desarrollados. Se nos dice que la depresión es algo biológico, pero ¿es que hay realmente gente que está condenada por razones biológicas a un mayor malestar, o son más bien factores externos los que propician la aparición de estos trastornos mentales?
Varios autores han intentado responder esto durante milenios, Buda ya hablaba en el siglo V a.C. sobre el sufrimiento, o duhkah, como algo inherente a la existencia.
Otros pensadores no han abordado directamente las causas del malestar, pero sí ha propuesto formas de enfrentarlo. Aristóteles en su Ética a Nicómaco sostiene que la felicidad se construye mediante la práctica de la virtud y los buenos hábitos; Spinoza en su Ética, ofrece un camino racional para moderar las pasiones y alcanzar la serenidad.
En este artículo intentaré esbozar una pequeña genealogía del malestar desde una mirada filosófica. Una exploración de cómo el sufrimiento ha sido entendido y normalizado, producto de las condiciones materiales y simbólicas de esta época.
“Si el sufrimiento no fuera la finalidad próxima e inmediata de nuestra vida, nuestra existencia sería lo más inadecuado del mundo.”
Con estas palabras comienza Arthur Schopenhauer el capítulo 12 del segundo volumen de Parerga y Paralipómena. Esta frase resume con precisión el núcleo de su pensamiento pesimista; la vida en sí mismo, y tal como lo dijo Buda, es sufrimiento o malestar.
En El mundo como voluntad y representación, Schopenhauer divide el mundo en 2 elementos fundamentales, el mundo como representación, es decir, todos los fenómenos tal y como los percibimos; y el mundo como voluntad, una fuerza metafísica e irracional, que condiciona todas nuestras decisiones y actuares. Esta voluntad no busca un fin último; es ciega, insaciable, y nos arrastra en una cadena interminable de desear: deseamos comida, descanso, placer. Pero cada deseo satisfecho da paso a un nuevo anhelo. Así la vida se convierte en un ciclo sin fin: deseamos, obtenemos, nos aburrimos y volvemos a desear.
Desde esta lógica, el sufrimiento no es algo extraño, es la condición normal del ser humano. El dolor surge no sólo por lo que nos falta, sino por el deseo que nunca se agota ni se sacia.
Sin embargo, esta visión metafísica no basta para explicar algunas preguntas contemporáneas: ¿sufren todos por igual? ¿Es el sufrimiento una constante, o hay acaso condiciones históricas y materiales que lo intensifican?
Hoy en día, es evidente que deseamos más que en otras épocas. El deseo ya no apunta sólo a necesidades básicas o aspiraciones personales, sino que está constantemente estimulado por el capitalismo, un sistema económico que se sostiene bajo la lógica del consumo perpetuo. Gracias a este sistema, las tecnologías están constantemente renovándose, y nos empujan siempre a desear lo último: el celular más nuevo, la pantalla más grande, el último objeto de tecnología de punta.
Incluso aquello que compramos está hecho para perecer: la obsolescencia programada asegura que los bienes se deterioren rápidamente o se vuelvan obsoletos en poco tiempo, lo que nos obliga a volver al ciclo del deseo. En este contexto, estamos completamente atrapados. Deseamos algo, lo tenemos, y luego aparece algo nuevo que volvemos a desear, y así constantemente.
Así, el deseo que Schopenhauer identificaba como la fuente de todo sufrimiento se ha institucionalizado. La insatisfacción producida por el deseo es ahora creada por el sistema capitalista. Aun así, esto no explica ciertas cosas, el software está en constante desarrollo y no es obsoleto ¿cómo produce este sufrimiento?
Otro filósofo que podría ayudarnos a resolver esta incógnita es Blaise Pascal.
“La desgracia de los hombres viene de una sola cosa: de no saberse estar quietos en su cuarto.”
Pascal veía en el aburrimiento una de las grandes fuentes del malestar humano. Según él, necesitamos distracciones constantes para evitar enfrentarnos a la existencia y su carencia de sentido. De ahí surgen, según pascal, las guerras, los excesos, la violencia y la desesperación: todo con tal de no quedarnos a solas con nosotros mismos.
Pascal nos pone un ejemplo claro: un rey, alguien que tiene todo resuelto, cuyas necesidades están siempre cubiertas. Este rey está en un constante estado de entretención, pues si se queda sin diversiones, se enfrenará a la constante angustia de existir.
En nuestra época, parecería que este problema está superado. Hoy tenemos más distracciones que nunca. Las redes sociales tienen algoritmos diseñados para ofrecernos exactamente lo que queremos ver, tenemos plataformas de streaming con un catálogo interminable de películas y series. La diversión es inmediata, inagotable y personalizada.
Pero desde la mirada de Pascal, esta hiperdisponibilidad de entretenimiento no resuelve el problema, sino que lo profundiza. Cuanto más nos distraemos, más dependientes nos volvemos de la distracción. Lo que antes nos entretenía ya no basta; nos adaptamos, nos aburrimos más rápido, y el malestar regresa con mayor fuerza.
Este ciclo de consumo, habituación y vacío no soĺo mina nuestra capacidad de atención, sino que nos vuelve más sensibles al aburrimiento. Estar desconectado aunque sea por unos minutos, puede provocarnos ansiedad, vacío e incomodidad.
Las redes sociales, diseñadas para ser adictivas, exacerban esta condición. Abandonamos formas de ocio más reflexivas, creativas o comunitarias. Nos quedamos atrapados en mecanismos de gratificación inmediata.
Al igual que en Schopenhauer, emerge la figura del sujeto siempre deseante, pero nunca satisfecho: atrapado en una maquinaria que produce necesidades nuevas sin cesar. La industria del entretenimiento digital surge del capitalismo como una manera de hacernos producir y consumir sin parar, aprovechándose de nuestra necesidad de desear, y nuestra incapacidad de mantenernos quietos.
Para cerrar este recorrido me gustaría mencionar a un autor contemporáneo cuya obra ha influido en la crítica culturas actual: Mark Fisher.
En su libro Realismo Capitalista, Fisher describe este concepto como la creencia generalizada de que no existe alternativa viable al capitalismo. Ya hemos visto los intentos fallidos de proyectos políticos distintos, y hoy domina el pesimismo estructural que acepta el capitalismo como un horizonte insuperable, incluso cuando nos genera sufrimiento.
Una de las grandes crítica que Fisher hace a este sistema es su efecto devastador en la salud mental. El capitalismo no sólo desgasta al sujeto, sino que también privatiza su sufrimiento, es decir, nos hace pensar que los problemas de salud mental son fallas individuales y no consecuencias sistémicas.
“Sí, es verdad que la depresión se constituye en el nivel neuroquímico por un bajo nivel de serotonina; lo que todavía necesita explicación es por qué un individuo particular tiene bajos niveles de serotonina. El caso requeriría, en efecto, una explicación social y política.”
Según Fisher, el aumento de casos de depresión, ansiedad y otras formas de malestar psíquico no puede entenderse sin analizar el contexto sociopolítico en el que vivimos: la precariedad laboral, la hipercompetencia, el culto al rendimiento y la constante autoexplotación. Sin embargo, en lugar de cuestionar el sistema, este lo medicaliza, lo vuelve un problema químico, íntimo, ajeno a lo colectivo.
Así, el capitalismo individualiza el dolor para mantener su maquinaria intacta. Nos convence de que la depresión es un desequilibrio personal, cuando en realidad es un síntoma de un entorno profundamente enfermo.
Como hemos visto, las causas del malestar contemporáneo son múltiples y complejas, y difícilmente abordables en un sólo texto. Sin embargo, en este breve artículo quise buscar señalar algunas claves para entender cómo el sufrimiento, más que una simple condición biológica, está también influido por el contexto económico y social en el que vivimos.
Bibliografía complementaria
Schopenhauer, Arthur. El mundo como voluntad y representación
Schopenhauer, Arthur. Parerga y paralipómena
Pascal, Blaise. Pensamientos.
Fisher, Mark. Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?
