En una cueva, en el sector más inhóspito de la cordillera de los andes, habita una de las tribus más desconocidas que existen. Poca intervención de la civilización hay en ese lugar, si es que alguna vez hubo alguna. Nadie sabe cómo llegaron ahí ni cómo sobreviven. Exploradores han oído de ellos y se han aventurado a buscarlos sin éxito. El clima es demasiado hostil y el camino demasiado difícil de recorrer, un suelo rocoso irregular y la constante nevazón hacen imposibles acercarse a un radio cercano a esta cueva. Además, es extremadamente difícil de divisar, la entrada de la cueva está completamente tapada por la nieve, lo que ha permitido mantener el calor dentro y a las personas de la tribu a salvos.
Ellos son los K’nak, que es la palabra que usan para denominar al ser humano. Su lengua no deriva de ningún otro idioma conocido, y poco se sabe de cómo se formo, no tienen sistema de escritura y toda sus historias son transmitidas de manera oral, por lo que el paso del tiempo ha ido coloreando estos relatos y los ha vuelto mitos. Los K’nak, según sus propios relatos, surgieron hace 5000 años, cuando el día se volvió noche, el sol murió por unos minutos, y de su cadaver surgió la semilla que daría vida a la humanidad. Inmediatamente el sol volvería a renacer y germinaría esa semilla, la nieve le daría el agua y la tierra el lugar para crecer. Por esta misma razón, la muerte es algo completamente sagrado para ellos, a diferencia de la cultura occidental tradicional, que teme a la muerte, los K’nak la buscan activamente. Un ser humano nace y vive sólo con el objetivo de morir, y de esta manera seguir la tradición del sol de dar vida a otros seres vivos.
Para los K’nak, cuando una persona nace, se realizan los ritos de iniciación de manera inmediata, el bebé es bañado con el polvo de los huesos de sus abuelos ya fallecidos, y luego el agua de estos polvos es arrojada a la tierra para dar vida a otros seres vivos. En la niñez, los jóvenes son educados con la idea de que pronto van a morir, su consciencia desaparecerá completamente, y su cuerpo se volverá uno con la tierra. En la adultez, se preparan para la muerte, cavan su propia tumba y la decoran con la poca vegetación que logran hacer crecer en el inhóspito lugar. Y ya en la vejez, se recuestan en estas tumbas y esperan al día de su muerte.
Curiosamente, este modo de vida causa en ellos desde el nacimiento un desapego por la vida generalizado, no temen a la muerte pues la ven con buenos ojos. Incluso el suicidio es visto como uno de los actos más dignos que un hombre puede realizar. Pues el suicidio no es visto como un no soportar más la vida, sino como un reafirmar nuestra propia mortalidad. Nosotros como seres humanos somos seres mortales, y el escapar de esta idea sólo nos produce sufrimiento al momento de acercarse la muerte a nosotros. Los K’nak son también, curiosamente, los seres más empáticos que existen, no sólo al sufrimiento del otro humano, sino también al sufrimiento del animal, de la planta, incluso de la cordillera. Son tan conscientes del sufrimiento y la mortalidad que la vida los ha moldeado de manera que los comprenden más que cualquier otra cultura. Las culturas occidentales carecen de esta empatía pues ven el sufrimiento con mala cara, temen a la muerte y se alejan del dolor, lo que provoca una visión idealizada de las cosas, los cuentos tienen finales felices y las adversidades siempre son superadas. Entre los K’nak se cultiva más bien la historia trágica, se habla de cómo estos heroes sufren y fallecen por las peores adversidades, logrando entre ellos que el sufrimiento sea visto como algo del día a día, no de manera negativa, sino como una reafirmación de la vida misma.
Algún día puede que el hombre civilizado encuentre a los K’nak, y esperemos que en vez de destruirlos, como acostumbran a hacer en la civilización, aprendan de ellos. Aprendan de sus costumbres y aprendan su modo de vida. Porque no hay nada más terrible que vivir con miedo.
