La gente me odiaba sin razón alguna. Yo no era el culpable, él tampoco lo era, sólo actúa de la manera que sabe hacerlo, no es consciente de que hace daño al resto. ¿Por qué razón odiar a alguien tan puro, tan inocente, alguien que no conoce el concepto de bien ni mal? La gente lo detestaba, y por esa razón, también a mí.
Desde pequeño crecí con animales en casa, mi madre los amaba. Tuve muchos perros, también algunos gatos, loros, tortugas y hasta hamsters. Toda clase de animales, y me encariñé mucho con todos ellos, eran parte de mi familia. Mi papá no disfrutaba mucho de los animales como yo o mi mamá pero los permitía en mi casa, probablemente para complacernos.
Llegada la adultez seguí teniendo animales pero en menor cantidad, tuve un gato durante un tiempo, se llamaba Mizu, una palabra que me gustaba y sonaba a Japonés —me llamaba la atención la cultura Japonesa desde pequeño—. Fue mi compañero de vida durante 12 años, lo adopté en la adolescencia y se fue a vivir conmigo cuando me mudé a una casita en Puente Alto. Yo vivía en un condominio en Avenida México, en una casa junto a mi pareja Nadia. Trabajaba durante la semana y mis padres me enviaban un aporte mensual para ayudarme con el arriendo.
Después de que falleció Mizu me vino una depresión tremenda, que nunca pude superar del todo, lloraba constantemente y me volví algo ermitaño por ello, me costaba socializar y pasaba gran parte del día triste. Un día mi pareja llegó con un regalo, era un cachorro de dóberman. Lo llamamos Fito, por Fito Paez, que Nadia escuchaba harto. Se volvió la alegría de mi vida. No superé con él a Mizu, pero sí le trajo nuevas esperanzas a mi vida.
Fito era muy pequeño cuando llegó, debió tener 2 o 3 meses. Lo criamos como un hijo, lo alimentábamos con comida de calidad y lo sacabamos a pasear cada noche. De a poco fue creciendo. Con nosotros siempre fue muy regalón y amigable, pero por alguna razón con los otros perros no era así. Siempre fue un poco peleador, por lo que cuando se volvió adulto, comenzamos a manejarlo con bozal.
Con el Fito hacíamos todo, no lo dejábamos dormir afuera por la noche, sino que dormía en la cama con nosotros, lo llevamos en una ocasión al cajón del maipo. Cuando yo o Nadia salíamos, siempre se quedaba uno en casa para estar con él, si no él iba con nosotros, pero no se quedaba solo. Pero nunca pudimos quitarle la costumbre de pelear con otros perros, quizás era muy regalón, lo que lo hizo territorial. En una ocasión, vino una amiga de la Nadia con un poodle toy, y tuvimos que encerrar al Fito en el patio, estaba desesperado por atacarlo.
A parte de eso nunca tuvimos problemas con él, se llevaba bien con los vecinos y sus hijos, aunque ellos nunca se metieron tampoco con él.
Sin embargo, un día hubo un problema:
Nosotros íbamos paseando por una placita que hay en avenida San Hugo, cerca de México. Iba yo con la Nadia, conversando tranquilos. Le habíamos comprado una pelota, y como ese día no había perros cerca, le quitamos el bozal para poder jugar con él. Había también unos niños jugando cerca. Eran tres, dos de ellos tenían más o menos diez años, y el tercero tenía cuatro o cinco. Corrían por la plaza, jugaban a la pinta, o tiña como también se le llama. En un momento, yo tiré la pelota y cayó cerca del niño más pequeño. Este, sin darse cuenta de que el Fito iba corriendo hacia ella, la tomó y se la puso junto a la cabeza, como si la estuviera oliendo. De repente, el Fito saltó y agarró al niño del cuello con los dientes, no se escuchó ni siquiera un grito, el niño cayó al suelo inmediatamente. La madre de los niños gritaba histérica intentando hacer que el Fito lo soltara. Le pegaba patadas y le gritaba. Finalmente lo soltó, y el Fito se vino a mi lado como asustado. La madre del niño se puso a gritarnos, y nosotros tratábamos de calmarla, no sabía qué decirle a ella.
Al rato llegó una ambulancia y trasladó al niño al hospital. A los días supimos que el niño había fallecido. Me sentí terrible, no sabía qué hacer, no sabía cómo enmendar las cosas, si es que era posible hacer algo. Pero no era posible, el niño se había ido. No sabía qué decirle a la madre, o si debía decirle algo. Ella terminó tomandonos odio a mí y al Fito, y con justa razón.
Al poco tiempo la señora impuso una demanda, tuve que ir a tribunales a declarar, y el juez ordenó que el perro debía ser sacrificado por ser «demasiado peligroso». Desde ese momento, mi mundo se destruyó. Lloraba cada día, desesperado, volví a ser ermitaño pues pasaba todo el día encerrado junto a Fito, me comencé a distraer del trabajo, todo comenzó a ir mal. Fito nunca se había portado así, nunca le habíamos quitado el bozal. Todo era culpa mía.
La gente de la villa rápidamente se enteró, y ahí comenzó todo el odio. El Fito se ganó la fama de perro asesino, y ya no pudimos sacarlo a pasear nunca más. La gente me comenzó a odiar, cuando salía de mi casa recibía insultos y gritos. La gente iba a mi casa a tirarle piedras al Fito, y de paso a mi ventana. Tuvimos que tenerlo encerrado en el patio. Yo dilataba los días que debíamos sacrificarlo, no quería que llegara.
Un día llegó carabineros a darme la orden de que debía sacrificar al perro pronto. Yo no podía hacerlo, no era capaz. El Fito tenía solamente tres añitos. Qué clase de castigo estaba cumpliendo yo por tener que sacrificar a mi más fiel compañero, aquel que me acompañó tanto tiempo.
Decidí que no lo iba a sacrificar, no podía, no era capaz. Debía hacer algo. Así que tomé el pequeño auto que teníamos y metí al Fito dentro, nos íbamos a ir de Santiago. Me fui un día por la noche sin avisarle a la Nadia ni a mi familia. Eran cerca de las cuatro de la mañana cuando salimos. Hacía mucho frío y al Fito le había costado levantarse, tenía sueño al igual que yo, pero los nervios lograron despertarme un poco. Tomé el auto y me fui derecho hasta el Acceso Sur, y tomé la carretera al sur. La carretera estaba bastante densa para la hora, uno a veces se pregunta qué hace la gente a esas horas de la noche viajando un día de semana. ¿Vivirán fuera de Santiago? ¿Se irán de vacaciones?, son esas preguntas que uno se hace cuando va viajando por la carretera sin un destino claro. También uno comienza a recordar muchas veces su pasado. Más de una vez recorrimos estas carreteras con mis padres cuando íbamos a ver a nuestros familiares en San Francisco de Mostazal. Tenían una casita bastante pequeña donde yo disfrutaba mucho jugar con mis primos. Fito habría disfrutado mucho recorriendo todos esos lugares junto a mí y Nadia.
Seguí derecho cerca de una hora, hasta que llegamos a Rancagua. En un principio pensé en parar ahí, nadie nos buscaría —si es que me buscarían—, en ese lugar. Pero después pensé en la Nadia, y en mis padres. No, debía irme aún más lejos, a un lugar más remoto. Seguimos derecho y me acordé que más adelante está San Fernando. Llegamos a la ciudad y tomé la I-45, necesitaba algo más pequeño, más desconocido. Seguimos derecho cerca de 20 minutos, hasta que encontramos un pequeño pueblito llamado Puente Negro. Aquí debía quedarme, estábamos alejados de todo, cerca de la cordillera.
No eran horas para buscar un hostal, así que seguí derecho un par de minutos y me estacioné al lado de la carretera, necesitaba dormir. Incliné el asiento y me recosté, el Fito llevaba todo el camino durmiendo.
Desperté más o menos a las 9 am con una llamada telefónica de la Nadia:
—¿Dónde estay? —dijo ella muy alterada—, te busqué por toda la casa, llamé a los vecinos, a tu familia, nadie sabe nada de ti.
—Estoy lejos de Santiago, me fui y no pienso volver —respondí yo.
—¿De qué chucha estay hablando? ¿Cómo podí decirme eso?
—No voy a dejar que se deshagan del Fito como si fuera algo que se bota a la basura, él es mi amigo, es parte de mi familia. No puedo dejar que se lo lleven.
—Te volviste loco hueon, voy a declararte como desaparecido si no volví ahora, para que los pacos vayan y te busquen. Dime donde estay por favor.
Corté inmediatamente, no podía permitir que ella hiciera eso. No pienso decirle a nadie dónde me vine.
Prendí mi auto y comencé a recorrer el pueblito, era más bien pequeño y no parecía que recibiera muchos turistas. Crucé el puente que daba sobre el río clarillo y bajé hasta él. Ahí me lavé la cara y me senté un rato en las piedras a ver cómo fluía el agua. El Fito obviamente no aguantó las ganas y se tiró a bañarse. Yo lo reté pero no hubo caso. Cerca de ahí encontré unas cabañas donde podía quedarme, al menos por ahora. Eran algo caras pero tenía dinero, más o menos.
Me quedé esa noche y al día siguiente tomamos el auto y seguimos recorriendo el pueblo. No tenía ningún plan claro, no sabía si me iba a quedar ahí o si iba a partir. Tenía poco combustible y no podía viajar muy lejos. La gasolinería más cercana estaba en San Fernando, no sabía si alcanzaría a llegar. Así que hice lo que pude y partimos hacia allá.
El Fito se veía algo nervioso dentro del auto, nunca había viajado fuera de Santiago y creo que sabía que estábamos lejos de casa. Estaba muy inquieto, probablemente necesitaba estirar las piernas. Apenas llegáramos a San Fernando lo dejaré bajar y recorreremos la ciudad, de todas formas nadie nos está buscando. Lo único que me preocupaba en ese momento era Nadia, quizás debí haberle avisado, debí haberle dicho dónde venía o haberla invitado. Fue muy egoísta de mi parte no hacerlo, pero ni siquiera pensé en lo que hice, sólo actué.
Estábamos más o menos a la altura de Roma cuando se le acabó el combustible al auto y se apagó. Nos quedamos varados antes de llegar a San Fernando, me bajé del auto para ir a pie hasta la ciudad, el Fito seguía muy nervioso, no podía calmarlo. Saltaba dentro del auto, parecía asustado. Le abrí la puerta para sacarlo y no alcancé a ponerle la correa, me empujó y salió corriendo hacia la carretera, justo en ese momento apareció un auto a gran velocidad. En menos de un segundo, Fito ya estaba debajo de él.

