Desvaríos VI: Ética de los esclavos

«Amáis vuestra virtud como la madre al hijo; pero ¿Cuándo se ha oído decir que una madre ha querido ser pagada por su amor?» Nietzsche – Así Habló Zaratustra

Es hora de escuchar la verdad, porque la gente no quiere admitirlo pero es así. No todos son quienes dicen, hay quienes sólo actúan por motivaciones externas y no por deseos de hacer lo que muchos consideramos «el bien». Virtudes hay muchas y sus orígenes no serán discutidas en este texto, pero es claro que llegamos a un consenso con ellas. ¿Pero cómo hicimos para que la gente adaptara aquellas virtudes? Castigo y recompensa, así lo conseguimos.

Mucha gente no mueve un dedo si no hay una recompensa de por medio, mucha gente no actúa si no hay un castigo por no hacerlo. Aquellos que siguen una autoridad son los individualistas por excelencia, egoístas sin temor a ser nombrados como tal. Buscan que se le retribuya la moneda que dieron al mendigo y buscan que quien le robó la mochila sea castigado. ¿Es esto natural?

Desde tiempos inmemorables nos han mantenido controlados con estas virtudes. Si volvemos a la primera enfermedad del hombre nos daremos cuenta de que aquella impuso un método bastante eficaz de control. Las religiones entregaron recompensas y castigos supraterrenales a las acciones que realizamos. El ejemplo más claro de aquello es la noción de cielo e infierno. Una creencia de tradición zoroastrista que nos ha sido heredada a occidente —si es que somos realmente occidente— por la tradición judeocristiana. Nos hacen creer que si hacemos lo que ellos consideran bueno seremos recompensados después de la muerte; pero si hacemos «el mal», seremos castigados por toda la eternidad. ¿Quiénes decidieron lo que es bueno y lo que es malo?¿Quiénes decidieron el castigo por el mal obrar?

Pero qué hay de aquellos que no necesitan un gobernante que les diga aquello que es bueno o malo. ¿Son espíritus libres? Puede ser. Hay quien es capaz de obrar sin necesidad de esperar una recompensa. Ayuda al pobre porque es pobre y no esperando admiración de los demás. ¿De dónde surgen sus valores? Me gustaría saberlo, porque desde tiempos inmemorables hemos delegado nuestras responsabilidades a una autoridad externa, esperando que esta nos diga qué hacer y ser recompensados por actuar bien.

Cuando conocimos oriente quedamos fascinados con su cultura, y aún seguimos estándolo. Adaptamos su cultura a nuestra convivencia. No necesitamos demostrar que Occidente «malinterpretó» el karma. Basta con observar cómo el concepto popular de karma fue transformado en una especie de mecanismo moral de recompensa y castigo. Nada más lejos de la realidad. Ahora yo me pregunto: Este deseo de ser gobernado, de aceptar virtudes como esclavos ¿es algo naturalmente humano, o es más bien cultural? Mucho tiempo fuimos gobernados por las religiones y su ética…

Pero alto ahí, algo no cuaja. Ya no vivimos bajo la enfermedad del cristianismo, «Dios ha muerto». ¿Qué sucede ahora? ¿Por qué seguimos siendo esclavos de estas virtudes? Es que cambió el dueño de la empresa pero no sus ideales. Ahora nos acompleja otra enfermedad. Los estados democráticos nos dicen qué hacer, lo que es bueno y lo que es malo. Sus virtudes son iguales pero diferente; se guían de manera racional. Son un consenso que los representantes del pueblo decidieron, y el pueblo debe adaptarse a su posición.

Ahora el castigo no es metafísico, es puramente físico. Si obramos mal seremos castigados con la cárcel o con una multa. Si obramos bien, seremos recompensados a largo plazo por nuestros méritos. Y aquellos que son esclavos de las virtudes se conforman con ello. Obviamente no es el caso de todos, hay leyes que podemos considerar justas o injustas, pero están ahí por nuestra propia conveniencia —o por la conveniencia de quienes las impusieron en primer lugar—. Curiosamente, estas virtudes son extrañamente parecidas a las cristianas. ¿Son tan perfectas que seguimos creyendo en ellas, o es porque estas aún convienen a un grupo privilegiado de personas?

Es curioso cómo incluso en sociedades no estamentadas, seguimos viviendo a través de consensos. Durante las pequeñas comunas anarquistas de la guerra civil española, estas virtudes y los castigos por romperlas eran definidas de manera directa a los habitantes de algunas comunas. ¿Es que acaso necesitamos ser esclavos de virtudes para convivir en grupos? ¿Necesitamos ejercerlas por la fuerza para que estas sean obedecidas?

Personalmente creo que es un poco de todo y un poco de nada. Es la eterna cuestión Dostoyevskiana, «Si Dios no existe, todo está permitido». Y es que el estado se volvió nuestro nuevo dios a quien rendimos culto y obediencia. Y la ética cristiana pasó a ser una ética racionalizada donde bueno y malo son lo que necesita el estado para funcionar.